viernes, 8 de abril de 2022

MAÑANA SERÁ TARDE. Misión Groenlandia (Película)

Os comparto la película que hace mucho que la gente nos estaba pidiendo. La película que cuenta aquel descenso que realizamos del río Kurssuaq en Groenlandia en el año 2016 (ha llovido un poco ya...), junto con Aitor Goikoetxea Astaburuaga, Fermin Perez Larrea y Edu Sola

La teníamos hecha desde hace unos años y solo la habíamos pasado en unos festivales y teníamos planeado hacer un tour con ella haciendo diferentes proyecciones, que al final se vieron truncadas por la pandemia.
Al final pensamos que es bueno compartirlo con todo el mundo y que se puedan ver por fin las imágenes de aquel impresionante río que pudimos explorar en tierras groenlandesas.
Me vienen muchos recuerdos volviendo a recordar aquella aventura. Espero que hayamos sido capaces de transmitiros las sensaciones de la que para mí ha sido la expedición más dura que he hecho hasta la fecha.
¡Espero que lo disfrutéis!





miércoles, 2 de marzo de 2022

Jötunn: exploración en Islandia

Jötunn es un documental en el que hemos intentado enseñar una aventura de exploración desde dentro. Porque el kayak extremo, más allá de lo que pueda parecer, no son unos locos que se tiran por cascadas. Somos personas que preparamos cada descenso al detalle y llevamos una vida trabajando en la técnica para poder hacer aquello que para la gran mayoría sería un suicidio. Diría que vivimos la naturaleza de una manera diferente, con una conexión especial con el agua y ríos. Para un kayakista, lo de menos es la foto o una toma espectacular, porque normalmente todo lo importante pasa con la cámara apagada. Lo importante es estar allí fuera, disfrutando de una pasión que le da la energía vital que le hace caminar por este mundo. Pero a veces también toca encender la cámara y esta vez hemos intentado enseñar eso que normalmente no se ve.

Diría que en España tenemos uno de los niveles más altos a nivel mundial en cuanto a kayakistas se refiere, y eso es importante reivindicarlo. Por eso creo que este documental tenía que hacerse.

Islandia: país de cascadas
Una cascada es -probablemente- la formación más estética e hipnótica que podemos encontrar en un río. Y si hay un país que destaca por sus cascadas, ese es Islandia; un país que está viviendo un boom turístico, cimentado principalmente en su impactante Naturaleza: volcanes, glaciares, aguas termales, géiseres y, por su puesto, cascadasSkogafoss, Godafoss, Dettifoss, Svartifoss... son sólo algunas de las paradas obligatorias que llenan revistas y redes sociales de impactantes fotos. No es de extrañar, por tanto, el interés que suscita esta pequeña isla perdida en el Ártico entre los kayakistas extremos.

A principios de año, charlaba con Aniol Serrasolses, uno de los mayores referentes del mundo del kayak extremo y mi compañero de remadas en muchas aventuras, sobre la opción de ir a Islandia a intentar abrir ríos nuevos. Tras un año parados, había ganas de arrancar de nuevo y esta isla era una buena opción, cercana y con las fronteras accesibles. Él ya había estado por allí y había explorado el terreno antes. Me confirmó que aún quedaba mucho mundo por descubrir en esas tierras y que le encantaría adentrarse en la zona en busca de nuevas aventuras.

A mí siempre me ha atraído de manera especial la exploración. Un viaje se prepara y se espera de manera diferente con la incertidumbre de lo que te viene por delante. El no saber si vas a encontrar algo, el miedo a meterte en lugares inexplorados y que todo sea un fracaso, la adrenalina de estar remando en lugares por donde nadie había bajado antes y no saber si el siguiente rápido será navegable… diría que es una sensación muy diferente a remar por ríos de donde ya tienes toda la información. Si Aniol decía que había opciones de exploración interesante, había que probarlo.

Caímos en la isla a mediados de junio y normalmente es la época de mayor deshielo aunque, según nos comentaban los kayakistas de la zona, este año el verano se estaba retrasando y todavía quedaba mucha nieve acumulada. Parecía que podíamos haber llegado en buen momento.

Dejamos atrás Reikiavik rumbo al Sur, donde arrancaría la exploración. Situado al sureste de la isla, Vatnajökull es el más grande de los cuatro campos de hielo de Islandia. En su parte suroeste, hay una zona en el que los glaciares se encuentran relativamente lejos del mar, donde además se concentran varios ríos relativamente largos en un área bastante reducida.

Por el camino, fuimos pasando de un valle a otro, pero un río tras otro, todos estaban secos. Hacía un frío intenso que no superaba los cinco grados, y el tan anhelado deshielo no parecía querer sumarse a la aventura. La frustración era evidente y los ánimos estaban muy bajos. Con los ríos tan secos no tenía sentido intentar ninguna misión que demandara mucho esfuerzo. No arrancaba bien la cosa.
Decidimos, por tanto, seguir subiendo hacia el Norte, donde sabíamos que había algunas conocidas cascadas como Godafoss, Aldeyjarfoss o Ullerfoss, que probablemente llevarían agua. En nuestra infructuosa ruta, que más parecía un viaje turístico que de kayak, fuimos parando en diferentes puntos turísticos como un cañón llamado Studlagil, en el que hace años, al construir una presa en la parte alta y reducir su caudal, emergió de sus aguas un espectacular cañón de paredes basálticas.

Al más puro estilo “guiri”, queríamos ir a remar allí y hacer algunas tomas para la película. Cuando nos acercamos al lugar, justo antes del cañón, vimos asomar un afluente que parecía llevar agua y, a juzgar por el color blanco de su recorrido, se intuía cierto movimiento. Para nuestra sorpresa, el afluente tenía un buen caudal y una impresionante secuencia de rápidos y cascadas navegables en su parte final. Sacamos el dron y lo volamos varios kilómetros arriba para ver el río. Aquello pintaba muy interesante. Planificamos el acceso mirando mapas y calculamos el tiempo que necesitaríamos para remar aquella sección. Un día parecía suficiente, ya que no parecía muy largo. ¡Ya había misión!

Cargados de muchas ganas y energía, a la mañana siguiente nos echamos los kayaks a la espalda y recorrimos casi sin descanso los 5 km que llevaban a su parte alta. Llega un punto donde se terminan los rápidos y el río se tranquiliza, lugar donde una cascada de unos 30 metros de alto marca el inicio de la sección más interesante. Entramos al río justo debajo. Estrechas y verticales paredes volcánicas guiaban el cauce del río, donde los rápidos no presentaban excesivas dificultades, más allá de un par de peligrosas cascadas, pero el paisaje era sacado de otro planeta.
Este río fue no fue más que un oasis momentáneo en nuestro viaje, porque no requería de mucho caudal para poder remarlo, pero el resto del territorio, lamentablemente, seguía seco. Tras este “chute” de positividad seguimos nuestro camino hacia el Norte. Los siguientes días nos acercamos a remar algunas cascadas clásicas que nos servirían para ir tomando el pulso al juego de los saltos, mientras subían los caudales por el Este.

Un amigo nepalí condujo más de 6 horas para sumarse a nosotros para el descenso de Godafoss, una cascada de unos 12 metros, con la mala suerte de que, en su segundo salto, cayó demasiado plano, y se partió la espalda. Un tremendo susto, que exigió la pertinente visita al hospital de Akureyri, que confirmó la mala noticia. Afortunadamente con unos meses de reposo volvería a estar bien.
Esto fue una rápida llamada de atención de a qué te expones cuando vas a remar cascadas. El riesgo que suponen y de lo precisos que hay que estar todo el tiempo. Un despiste te puede costar demasiado caro... y es algo que siempre tienes presente para mantener la concentración necesaria, pero que no debe de llegar a bloquearte.

Con buenas previsiones climatológicas, partimos de vuelta hacia el Este en busca de ríos. Acampamos en el take-out del Kelduá, un río que se descubrió hace pocos años, allá por el 2015, y que tiene una sección de unos 10 km de cascada-poza seguidas, que bien podrían haberla sacado de nuestros más inspirados sueños. No era una exploración, pero había ganas de conocer ese río.

Nos despertamos por la mañana con sol y cielo azul fuera de la tienda de campaña. Así, de repente, nos habíamos despertado en el verano. Con los kayaks a la espalda y la cámara en la mano, nos pusimos en marcha. Una sencilla caminata de 8 km dejó paso a uno de los días más épicos que recuerdo en el agua. Nos llevó todo el día descender toda la sección. Descendimos más de 15 cascadas y una multitud de rápidos. De repente todo fluía, nos sentíamos cómodos, no hubo errores graves y diría que sólo por ese río todo el viaje valió la pena. Pero queríamos más exploración.

Kayak Islandia

Llegamos a las 23.00 al final del río, donde teníamos el campamento. En ese punto confluyen el Kelduá y el Fellsá. Este segundo río también parecía ir con un buen caudal, y de él, en cambio, no habíamos oído nada. Tras mirar los mapas, concluimos que podía ser otra buena exploración. En su parte baja se veía tranquilo, pero los perfiles mostraban mayor desnivel en su parte alta.

Sin embargo, el Fellsá nada tenía que ver con su vecino Kelduá. La aproximación era más dura porque el río se adentra en algunos profundos cañones, que nos exigieron un esfuerzo extra para entrar al río, y el paisaje era mucho más rocoso. Resultó ser un descenso de 9 km de una dificultad media de cuarto grado, en general bastante fluido y agradable, con rampas y rulos franqueables y muy nobles, pero con un rápido más complicado en la parte final que requería de cierto coraje: un salto que cae a una rampa que termina en un gran rulo que abarca casi la totalidad del río. El combo perfecto para Aniol, que descendió majestuosamente, mientras que Aleix y yo caminamos también con bastante estilo.

Aprovechando la gran concentración de ríos que hay en el Este y los altos caudales del momento, nos quedamos por la zona de Egillstadir explorando algunos ríos nuevos y remando otros que son más conocidos. El Fagradalsá y el Kaldakvisl fueron dos de los ríos que más me gustaron por la zona con tramos cortos y de cauce estrecho, pero con espectaculares saltos.

Kayak Islandia

Al final exploramos un río más, el Gilsá, que desemboca en el lago Logurínn, un río sorprendentemente de estilo alpino. Seguramente, el más exigente y el menos espectacular visualmente de todos los que hicimos con una sección de clase cinco de rápidos muy continuos donde no hay respiro. Remamos un tramo corto, de algo más de tres kilómetros, pero que nos exigió lo máximo de nosotros. Fue un "sálvese quien pueda", un estilo de remar que exige una concentración constante y que no permite errores. Casi ni respiramos hasta que nos encontramos el puente que marcaba la salida del río.

Y así se nos fueron las tres semanas que teníamos para explorar los ríos de la isla. Lo que empezó como un frustrante e infructuoso viaje por el Sur, terminó dando sus frutos en el Este de la isla, donde la concentración de ríos es mayor. Nos quedamos con la pena de tener que emprender el viaje de vuelta cuando el deshielo estaba en su punto álgido.
Quedaron atrás meses de planificación preparativos. Aunque, como todo viaje de aventura que se precie, el viaje tuvo innumerables altibajos y una gran dosis de improvisación. Tras un año en el dique seco, volvimos a hacer una expedición con amigos, como si fuera un nuevo comienzo, como si hiciera siglos de la última aventura. Es en la Naturaleza y en los ríos donde somos nosotros mismos, donde nos sentimos realizados, y no se me ocurre mejor lugar que Islandia para arrancar de nuevo.
Como ya he comentado, esta expedición la hemos dejado plasmada en la película “JÖTUNN”, que podéis encontrar en:
https://www.redbull.com/es-es/films/jotunn

sábado, 4 de abril de 2020

Patagonia. Puro placer

Normalmente viajamos no por necesidad, sino por puro placer. El placer de experimentar cosas nuevas o al menos, diferentes. Ese placer es adictivo y puede llegar a convertirse en una necesidad. Se podría decir que ese es mi caso. Empecé a viajar por el mero hecho de llegar a ríos interesantes, atraído por espectaculares y exigentes rápidos de lejanos ríos, diferentes a los que podía disfrutar en casa.
Alrededor de esos ríos haciendo kayak empecé a descubrir nuevas culturas y paisajes espectaculares; Empecé a disfrutar de la soledad de los lugares inaccesibles y de la incertidumbre que generan los paisajes desconocidos. Me di cuenta de que el kayak me permitía disfrutar de todo eso de una manera especial, le da un sentido al viaje, un objetivo. No es solo ir a un lugar y verlo, es adentrarse en sus profundidades y muchas veces enfrentarse a exigentes retos de los que pocos tenemos la suerte de poder disfrutar. Y por si fuera poco, nos une a gente de otros lugares con los que, lejos de lo que me podía imaginar, compartimos muchas cosas, pero yo sobre todo una, la pasión por la aventura y el kayak, creando un vínculo entre las personas que de otra forma es difícil que surgiera.
En la península tenemos buenos ríos para hacer kayak, suficientes para poder disfrutar de nuestro deporte y poder alcanzar un buen nivel. Pero yo encuentro placer en lo desconocido, y para ello hay que irse lejos, cada vez más, según pasan los años. A estas alturas se ha convertido en necesidad.
La Patagonia ha sido siempre un lugar mágico para mí. Fui por primera vez allí hace ya ocho años y pasé varios meses viviendo en la zona. Se puede decir que aquí me hice un "hombre" en el mundo del kayak. Aquí descendí por primera vez un río desconocido, aquí hice mis primeros descensos de kayak en solitario y aquí me di cuenta de lo que me gustaba esa sensación.
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En los últimos años siempre he soñado con volver, pero por A o por B el camino me ha llevado a otros lugares. Este año soñaba con regresar y explorar unos lugares que desde hace tiempo tengo marcados en el mapa. La Patagonia es muy extensa e inaccesible en muchos lugares y aún quedan muchos ríos que no se han descendido nunca. Al final no salió la expedición porque mis compañeros de batallas tenían otros compromisos y tuve que cancelar esos planes. Aun así, he querido acercarme a la zona y disfrutarla de otra forma, sin objetivo claro, dejándome llevar.
Así caí en El Chaltén, en Argentina, paraíso del trekking y la escalada, donde todo sucede bajo la atenta mirada del monte Fitz Roy. Allí visité a viejos amigos y me relajé por varios días. Entre asado y asado, intercalé algunos trekkings con descensos de algunos ríos de la zona, e incluso participé en el rescate de un accidentado que lamentablemente falleció en las exigentes y peligrosas paredes del Fitz. Pude explorar también algún río interesante, pero por desgracia demasiado exigente como para adentrarme solo haciendo kayak.

Pero mi naturaleza me lleva siempre a las aguas bravas, y las más bravas y conocidas de la zona se encuentran en el país vecino, en Chile. Futaleufú es una de las mecas del rafting mundial y muchos de mis amigos pasan nuestra temporada invernal guiando en sus aguas.

A ellos me junté para disfrutar de unos intensos días remando en las fieras y cristalinas aguas del Futaleufú, en la que era mi primera visita a esa zona. Según pasaban los días el ambiente se fue animando y la motivación por remar aumentaba exponencialmente, por lo que no tardamos mucho antes de montar un grupo para salir de misión para el sur.
Aquí la temporada de rafting termina a finales de febrero y mis amigos no dudaron en dejar el trabajo unos días antes para embarcarnos camino al río Baker, a unas 7 horas de conducción. Nos juntamos dos vascos, dos catalanes y un mexicano. Un exótico grupo para un exótico río.

El Baker es el más caudaloso río de Chile y uno de los más conocidos del mundo de kayaking por la dificultad de sus grandes rápidos y la belleza del lugar. Rodeado de un paisaje estepario flanqueado por guanacos, este río nace del lago General Carrera, con aguas de color turquesa que se enturbian tras juntarse con el río Nef, éste de origen glaciar.
Aunque se encuentra en una zona poco poblada y salvaje, es un lugar de fácil acceso ya que se halla en el recorrido de la conocida carretera austral. Los rápidos son intensos por el elevado caudal del río, pero tiene líneas relativamente "sencillas" y no muy expuestas, por lo que es un buen lugar donde acostumbrarse a este tipo de rápidos de agua grande, eso sí, no es un buen lugar para fallar y salir nadando… Por suerte pudimos evitar tales males.
También se encuentra al lado de la carretera, por lo que el acceso a su parte más interesante es sencillo. Por si acaso, tirando de precavidos, dejamos todos los víveres necesarios para acampar en la salida del río, conscientes de que en este tramo la carretera no es muy transitada ya que el único acceso es en ferry y solo salen cuatro al día, y sería complicado que pasara alguien cuando saliéramos del río, por lo que probablemente el autostop se pospondría al siguiente día. Y acertamos…
Entramos al río con la prudencia de quien no tiene claro dónde se está metiendo, pero sabiendo que el recorrido, en principio, era seguro. Esta vez el río resultó ser más exigente de lo que cabía esperar. El caudal alto por los calores de esos días, sumado a la continuidad y dificultad de los rápidos, nos pilló desprevenidos y tuvimos que dar nuestra mejor versión como kayakistas para flanquear los primeros cañones.
Descendimos arriesgando lo mínimo, buscando las líneas más seguras y minimizando riesgos, conscientes de que algunos nunca habían remado antes en una sección tan complicada. Es lo bonito de este deporte, que el éxito de un descenso depende del trabajo y buen hacer de todo el grupo, aunque al final, claro está, nadie rema por el otro.

Pero el estrés tan solo duró unos kilómetros y en la segunda mitad de los 25kms del recorrido el río se relajaba considerablemente, aunque ganaba en calidad paisajística.
Así nos anotábamos un río inesperado en un principio y regresábamos a Futaleufú exultantes tras el éxito en nuestras aventuras del sur.

Sin tiempo para más, me toca agarrar el colectivo y cruzar de nuevo la frontera, esta vez hacia Bariloche, desde donde emprendo mi regreso a casa. Han sido unas intensas semanas de muchas y variopintas aventuras, buenos momentos con amigos y una gran dosis de kayak. De eso iba la cosa, ¿no?
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Pasamos tres soleados días de intensa vida kayakista, remando durante el día y acampando a la orilla del río por la noche, donde al calor de una hoguera cocinábamos y conversábamos sobre las batallitas del día. Puro lujo para la Patagonia.



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Vídeo Baker:




El grupo se sentía fuerte y con ganas de aventura, y aunque la idea original era pasar varios días en el Baker, decidimos cargarlo todo de vuelta en el coche y partir más hacia el sur, hacia el río Bravo, cerca ya de Villa O'Higgins. Tras una noche de conducción y un ferry por la mañana, nos plantamos casi al final de la Carretera Austral, en un paisaje totalmente diferente, de espesa vegetación, fiordos y glaciares.
El río Bravo nada tiene que ver con el Baker. Es un río menos caudaloso, de agua gris lechosa de origen glaciar, fría como el hielo del que proviene y muy turbulenta por la gran cantidad de grandes rocas que entorpecen el paso del agua en su escarpado recorrido.
Poco sabíamos de este río, yo ni siquiera había visto antes una foto del lugar, pero había oído hablar bien de él. No en vano se incluye entre la triple corona de los ríos del sur de la Patagonia, junto al Baker y el Pascua (este va a quedar pendiente).
Lo dicho. Puro placer.

viernes, 16 de agosto de 2019

Disko Bay. Un reto en familia en Groenlandia

Yo soy donostiarra, crecido en un ambiente urbano, donde dicen que era un niño bastante movido; siempre corriendo de un lado para otro. Dicen que no paraba de subirme a las farolas y a los semáforos, y que cuando jugaba al fútbol con los amigos y el balón se nos iba a algún alto, yo subía a donde fuera a por él. Mis padres acabaron por resignarse y entendieron que era mejor dejarme hacer que pegarme gritos cuando ya no había vuelta atrás.
Con los años me calmé un poco; no había a mi alrededor nada que impulsara el desarrollo de aquellas habilidades un tanto “kamikazes”. Hasta que un verano -a punto de cumplir los diez años- me apuntaron a un cursillo de piragüismoen la Bahía de la Concha, tras el cual me propusieron entrar en el equipo de aguas bravas. Yo no sabía de qué iba eso, pero sonaba divertido, y sobretodo, diferente.
A la semana aprendí a esquimotear (a darme la vuelta una vez volcado) y al mes fuimos por primera vez al río. Allí nació mi vínculo con los ríos; unión que en adelante guiaría mi rumbo.
Mis padres pronto se acostumbraron a mi nueva afición. Veían que pasaba los días en torno al agua; cuando no era surfeando con mi kayak en el mar, era entrenando en ríos. Porque, aunque la actividad en el club estaba enfocada a la modalidad del slalom, fuimos conformando un grupo al que nos gustaba practicar todo aquello que tuviera relación con el agua y la piragua; slalom, freestyle, kayak extremo, kayak surfdescenso de ríos o lo que fuera. Cualquier excusa era buena para escaparnos a remar.
Con los años el grupo se fue dispersando y yo sentí que, tras demasiado tiempo enfocado a la competición, quería empezar a viajar más con el kayak. No a competir, sino a explorar.
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Así he pasado los últimos diez años, practicando kayak extremo, en busca de nuevas experiencias alrededor de los diversos ríos del mundo, usando el kayak como una puerta hacia nuevas aventuras. Un viaje siempre ha traído otro detrás, una expedición abría la puerta a otra, hasta que al final esas aventuras se han convertido en una parte importante de lo que soy hoy en día.
Sé que la familia no lo pasa bien cuando me voy. Practico un deporte con sus riesgos, y siempre se pasa más miedo desde la distancia. Con los años se han tenido que acostumbrar, sabiendo que lo que me aportan esas aventuras no me lo da nada más.
Es por eso que sentía que tras tantos años de aventuras me apetecía que ellos sintieran, en cierta manera, esa sensación de expedición. Que entendieran el porqué de tantos viajes, que conocieran las sensaciones que transmiten los lugares remotos, aislados, donde predomina la soledad y la naturaleza; lugares donde el mero hecho de recorrerlos ya es una aventura en sí.
Esto no es algo sencillo para la gente que no está acostumbrada a estas cosas, y menos aún para mi padre, cojo tras un grave accidente de esquí que le destrozó la rodilla hace ya treinta años. El primer día de jubilación acudió a que le pusieran una prótesis de rodilla, con la intención de acometer cosas nuevas, pero la operación resultó un desastre y hoy día vive dolorido, con la movilidad diezmada y con muchos sueños frustrados.
Pero, a pesar del dolor, una vez sentado en el kayak, le es posible remar. Mi madre le suele acompañar cuando puede y, con la ayuda además de un grupo de amigos piragüistas que le ayudan a embarcar y desembarcar, suelen salir a remar con sus piraguas de mar.
No me costó mucho convencerlos para hacer este viaje. Al principio no tenían claro si hablaba en serio o si era otra locura de las mías. Era otra locura más, depende de cómo se mire, pero esta vez quería compartirla con ellos.
Primero pensé en otros lugares, pero en cuando di con Disko Bay, en la costa oeste de Groenlandia, me di cuenta que ese debía de ser el lugar. No había dudas. Es el lugar con el glaciar que más hielo suelta en el mundo, con una rica fauna marina, con un imponente paisaje de costa granítica. Muy aislado pero a su vez accesible en avión, es el lugar de origen del kayak y -lo que es más importante de todo-, es un lugar bastante seguro.
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La Bahía de Disko se encuentra en la bahía de Baffin, en el océano ártico, frente a Canadá, y es una bahía protegida por la isla de Disko. Esta isla, de un tamaño 2,5 veces la de la isla de Mallorca, protege la bahía de las olas del mar, que ya de por si tiene pocas olas, haciéndola muy segura para la navegación en kayak.
Era lo que buscábamos. No había mejor sitio para una expedición de este tipo.
Tras muchos meses de minuciosos preparativos (no podía meter la pata en nada viajando con la family), nos plantamos en Ilulissat el 6 de julio, mi padre, mi madre, mi hermana y yo. Hacía muchos años ya que no viajábamos juntos, y encontrarnos juntos ante esta aventura resultaba muy bonito y excitante.
Al principio todo les superaba; todo les intimidaba demasiado. Se reflejaba la tensión en sus caras, pero ya nada los podía parar porque las ganas podían más, y el buen tiempo y el mar en calma ayudaban.
Y así, palada tras palada, a medida que dejas la civilización a tus espaldas, te vas fundiendo con el entorno y los nervios también, poco a poco, van quedando atrás.
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Te vas acostumbrando a pasar cerca de los inmensos icerbergs que crujen a tu paso avisando de su riesgo, pero que rara vez rompen; vibras con cada ballena que pasa, primero de respeto, luego ya de puro placer; la rutina de montar la tienda cada noche en un sitio nuevo es excitante, pudiendo elegir cada día tu habitación con las vistas que más te apetezcan. Poco a poco empezaron a disfrutar de cada pequeño detalle, y se dieron cuenta de que aquellas cosas que creían que iban a ser una tortura (dormir en el suelo, comer poco, no ducharte, recoger y montar todo cada día, el sol que en estas fechas nunca desaparece del cielo...) ni siquiera te afectan e incluso a los días encuentras un inexplicable placer en ellos. Lo único, los mosquitos. Esos sí que son insufribles, pero solo se encuentran una vez te acercas a la orilla, por lo que no nos molestaban mientras remábamos.
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Recorrimos un total de 110 km, con una media de unos 20 km al día, a paso tranquilo, disfrutando intensamente de cada palada y de todo lo que íbamos encontrando por el camino. Remábamos cada uno inmerso en nuestros pensamientos, callados, fundidos con el entorno, siempre atentos de escuchar el resoplido de alguna ballena o de ver alguna foca en el horizonte.
Pero no hay que engañarse. El lugar tiene sus riesgos también. El agua del mar está a una temperatura de dos grados, por lo que volcar ahí no es una opción, por muy buen traje seco que lleves. El viento puede llegar a soplar muy fuerte, cambia de orientación muy rápido y se levanta de golpe, sin avisar, trayendo muchas veces consigo una niebla que lo cubre todo en cuestión de minutos.
La “noche” del tercer día nos despertamos bajo una fuerte ventisca que no estaba anunciada, por lo que decidimos tomarnos un descanso y esperar a que amainara. Al final la espera se alargó un par de días, dos días que aprovechamos para descansar y hacer algún trekking por la zona.
Cuando por fin paró el viento el paisaje imponía más aún si cabe. El fuerte viento sur había acumulado todos los icebergs en el final de un canal por el que pretendíamos cruzar. Tras unos 20 km remados, la acumulación de hielo se hacía cada vez más grande, hasta que al final teníamos que empujar y apartar el hielo para seguir avanzando. Cada vez se estaba poniendo peor y más peligroso, y nada nos aseguraba que más adelante la cosa mejorara.
Decidimos parar y saqué el drone (que llevaba en mi kayak) e hice un vuelo para ver si aquella barrera de hielo era franqueable. Se confirmó que el canal se cerraba cada vez más y que corríamos el riesgo de quedarnos atascados en el hielo. Acampamos allí mismo, en la orilla, a la espera de que cambiara el viento y moviera aquella barrera de hielo abriéndonos un camino por el que cruzarlo. Pero a la mañana siguiente todo seguía igual, por allí no íbamos a pasar.
Decidimos, por tanto, muy a nuestro pesar, cambiar de destino. Navegaríamos hasta el glaciar que se encontraba al final del fiordo que nos quedaba a nuestro lado, acamparíamos allí y luego aprovecharíamos para hacer un pequeño trekking al campo de hielo. Casi sonaba mejor que el plan inicial. Como consecuencia, tendríamos que anular el ferry que teníamos reservado para regresar a Ilulissat e intentar reservar otro que sabíamos solía ir a un pequeño lodge que se encuentra en ese fiordo. Era jugársela, pero no nos quedaba otra.
Al final todo resultó bien y tras diez espectaculares días regresábamos a Ilulissat con la satisfacción de haber cumplido un sueño.
Aún estoy impresionado de la capacidad de adaptación que tiene la gente. De lo que somos capaces de hacer cuando luchamos por ir más allá de lo que nos pensábamos capaces de hacer. Mis padres superan los sesenta -mi padre con creces…- y nunca habían hecho algo ni siquiera parecido. He disfrutado aún más de lo que esperaba compartiendo esta experiencia con ellos, viéndoles disfrutar como niños y rejuvenecer bajo la luz del ártico. Y también con mi hermana, quien siempre ha mirado la piragua con cierto recelo. Es probable que esta haya sido la aventura de sus vidas, o ¿puede que simplemente se haya encendido una llama que los lleve a nuevas aventuras en el futuro? Ojalá que así sea.
Al final, lo que se demuestra es que lo único que necesitamos son ganas e ilusión por probar cosas nuevas, ponerte retos que te hagan esforzarte y superarte cada día, no decir que no a nada y lanzarte a la aventura. Cada día más, pienso que los límites se los pone uno mismo, pero siempre se puede ir un poco más allá de donde pensabas que estaban esas barreras. Eso sí, hay que tener claro dónde te estás metiendo y con quién.
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sábado, 15 de diciembre de 2018

El kayak como excusa para viajar

Muchas veces me pregunto por qué viajo. Soy kayakista, pero no viajo por el kayak. Esa fue la excusa cuando empecé a recorrer los ríos de diferentes lugares del mundo. Quería conocer los ríos que tantas veces había visto en películas y revistas, ser protagonista de aquellas fotos, experimentar aquellas experiencias sobre las que hablaban los “pros” en sus artículos, vivir la adrenalina de enfrentarme a lo desconocido, luchar contra mis miedos y cruzar fronteras.

Así fui sumando experiencias, pero en seguida me di cuenta de que lo que más me apasionaba de las aventuras era aquella sensación de tirarme al vacío en cada viaje, dejar la rutina atrás y comenzar una nueva vida por unas semanas. Por un tiempo ser otra persona, conocer nueva gente, nuevos lugares y nuevas culturas. Es curioso cómo de alguna manera comienzas de cero cada vez que coges un avión. Tener que relacionarte con gente nueva, querer caer bien y crear nuevos vínculos, querer extraer la energía de cada lugar y llevártela contigo de vuelta a casa. Esa sensación de que la persona que se va nada tiene que ver con la que vuelve. Eso es para mí viajar.

Empujado por esa pasión he viajado por lugares como Groenlandia, Pakistán, Patagonia, Nepal, Australia, Nueva Zelanda, Georgia… siempre con mi kayak a cuestas, ese ha sido mi pasaporte, mi llave para entrar a cada lugar al que he ido. Mi excusa para montarme en el avión.
Mirando atrás con la perspectiva que me dan casi diez años de aventuras, me doy cuenta de que no me quedo con los ríos que he bajado, al principio los contaba, marcaba los tramos que había hecho, apuntaba su dificultad e incluso los valoraba con estrellas. Un día, sin más, dejé de hacerlo, e incluso he perdido aquella lista. Me di cuenta de que no hacía esto por acumular nada sino por el mero disfrute que me daban aquellas experiencias.

Normalmente a cada viaje siempre le he pedido algo. Ha habido unos en los que lo único que quería era estar todo el día en el agua y remarlo todo; otros en los que la aventura se centraba en la exploración, en preparar minuciosamente el viaje, en aproximarse al lugar e ir salvando los escollos que te plantea el adentrarse en lo desconocido; otras veces simplemente he ido a disfrutar de los paisajes dejando la dificultad más de lado y otras la aventura ha estado en la compañía, en las relaciones. Normalmente siempre he salido sabiendo lo que busco, o al menos sabiendo, más o menos, lo que me podía esperar en el destino.

Ahora acabo de volver de un viaje. Un viaje al que no le pedía nada en especial, pero que me ha dado de todo.

Es raro, pero esta vez no tenía tantas ganas de viaje, estaba a gusto en casa, cosa que en principio es bueno, pero que a la vez evidencia síntomas de estancamiento, más cuando llevaba meses sin montarme en mi kayak por falta de agua, ¿Será cosa de la edad? Estaba claro, era hora de moverse, corría riesgo de oxidarme.

Siempre que voy a Sudamérica vuelvo igual, sin ganas de regresar a casa y con ganas de más. Será ese carácter latino, ese caos ordenado, esa relajación, esos acentos “mal” puestos que le dan un punto sexy a todo o puede que simplemente sea la similitud de las culturas, el idioma, que nos entendemos mejor, que te sientes como en casa, pero sin trabajar y flexible para todo. Eso es un punto.



-          PERÚ    -

Me marché con mi kayak (no podía faltar) a Perú, sin saber demasiado sobre el país más allá de básicos como Machu Picchu, las llamas, los vestidos coloridos, la hoja de coca y ríos largos para expedición. Fui porque tengo amigos allí y a última hora se me sumó Paulo, amigo de toda la vida. Un lujo.
Al no saber demasiado del país no me había hecho muchas esperanzas con nada, dejarme llevar y disfrutar de lo que fuera sucediendo, si no hay un plan no hay ningún plan que pueda frustrarse. Hacía tiempo que no viajaba así, relajado y sin ningún objetivo claro, y de vez en cuando, se agradece.

Fue aterrizar en Cuzco y sin siquiera pasar por casa nuestro amigo Rambito nos condujo a un río que estaba ahí al lado, así hacíamos un lap rápido y comenzábamos bien el viaje. Nos llevó como ¡tres horas! llegar a ese río que estaba al lado, si eso era el río de al lado de casa… pintaba que íbamos a chupar bien de horas de carretera.

A los dos días nuestros amigos nos abandonaron por una semana y se fueron a Chile a una competición. Paulo y yo nos quedamos solos en Cuzco, sin un plan claro. Decidimos que era buen momento para comenzar con la aventura y hacer una expedición, por lo que nos marchamos al río Apurimac, el que es, según dicen, la mejor sección de aguas bravas del país.
Este río es considerado como el lugar más lejano del nacimiento del Amazonas y su nombre, en lengua quechua significa Gran Hablador, considerado como el más poderoso de los oráculos Incas, que habla a través de sus grandes y turbulentos rápidos. Interesante descripción para un kayakista.

Cuando dos kayakistas de la zona (Frodo y Víctor) escucharon que queríamos ir al Apurimac saltaron al coche con sus kayaks y nos fuimos de misión hacia el sur.
La sección de aguas bravas de este río se divide en tres tramos. El primero, el cañón Negro, es un sencillo paseo de clase 2-3 que a lo largo de 60km que surca impresionantes y profundos cañones en un paisaje árido de montaña. Después viene el cañón Blanco, donde el río se empieza a poner más interesante y donde van apareciendo algunos rápidos de clase 5.
Remando bastante fuerte, nos llevó dos días recorrer los cien kilómetros de estas secciones hasta llegar al mejor tramo del río. El cañón del Abismo.

Víctor, uno de nuestros acompañantes creció a la orilla de este río, e intrigado por aquellos kayakistas que solían terminar su descenso en su pueblo comenzó a interesarse por el kayak. Fueron aquellos guías los que le enseñaron a esquimotear y quienes lo llevaron por primera vez a hacer rafting. Gracias a ellos hoy trabaja en el río y tiene la suerte de hacer poder viajar y conocer mundo, cosa que hubiera sido mucho más difícil sin el kayak. Es bonito ver lo que nuestro deporte ha aportado a muchas comunidades.
Nosotros también paramos allí y aprovechamos para saludar a su madre y recuperar energías antes de seguir con nuestra misión.


A partir de aquí seguimos Paulo y yo solos, ya que nuestros acompañantes no se veían con nivel suficiente para remar este tramo.
Eso nos inquietaba y nos animaba a partes iguales. Los locales le tienen mucho respeto a este cañón, de ahí su nombre, pues suelen quedarse en su entraba como quien contempla el abismo. A la vez significaba que había algo potente ahí adentro.

Nos adentramos sin información alguna sobre el tramo, más allá de saber dónde teníamos que salir. Eso siempre impone, pues te hace ir con todos los sentidos alerta y muy concentrado con todo lo que va llegando.
El tramo resultó ser duro, un bouldergarden (campo de rocas) con muchos sifones que nos hacía  remar con el cuello estirado mirando al horizonte y nos obligaba a mirar muchos de los rápidos que nos íbamos encontrando para no caer en ningún sitio inesperado, lo cual hacía nuestro avance lento.
Por momentos el río nos encerraba en profundos y verticales cañones en los que rezábamos porque no hubiera ningún rápido potente del que no pudiéramos escapar. Así suelen ser las expediciones, la cabeza pasa por mil fases durante el descenso hasta llegar al éxtasis al final del río.

Nos llevó otro par de días y medio descender este tramo de 100km, sumando casi 5 días en el río, descendiendo de los más de 2500m hasta los en torno a 700m, pasando de la árida montaña a la más espesa selva amazónica. Fue bonito volver al modo expedición, remar con kayaks pesados, cargando con la comida y la ropa para todos los días, dormir a la orilla del río, cocinar al fuego, comer poco y hablar mucho.

Vídeo del Apurimac:

Las siguientes dos semanas resultaron mucho más tranquilas. Nuestros amigos volvieron lesionados de Chile y todos los planes que teníamos se truncaron. Paulo y yo no teníamos como movernos y todo quedaba lejos. Perú es un gran país, pero desplazarse por allí es toda una misión, sobre todo cuando no dispones de medios para ello.
Las cosas así, aprovechamos para estar más con amigos, relajarnos, viajar un poco, hacer el turista, conocer más el país e incluso pude ir a surfear un poco por la costa cerca de Lima.

Tras tres semanas en la tierra de los incas nos marchamos para Chile, una de las mecas mundiales del kayak, de donde además llegaban ecos de mucha lluvia por la zona.

-          CHILE     -

Allí nos juntamos con Aitor para cerrar el triángulo donostiarra. Aitor se debió de asustar un poco de las energías que traíamos Paulo y yo, estábamos ansiosos por remar (demasiado relax últimamente), y estábamos en el mejor sitio para ello.

Yo solo tenía diez días, pero tenía ganas de remar todo lo que pudiera de la zona. Nada de turismo esta vez, todo kayak. Me sentía como hace años atrás, ansioso por devorarlo todo, de remar todos esos rápidos que tantas veces había visto en vídeos y con los que tanto había soñado. Pero hay que tener cuidado con ese exceso de ganas, porque cuando hablamos de rápidos de esta dificultad esto se puede volver en tu contra, hay que tener las cosas claras cuando decides hacer algo y no dejarte llevar por el deseo y el ansia para no tener ningún susto que vayas a pagar caro. Hay que ser de sangre caliente, pero de mente fría.


Pero las cosas fueron bien, nos adaptamos rápido y en seguida fuimos cogiendo buenas sensaciones. Hicimos una lista de los ríos que queríamos remar y como los caudales acompañaron pudimos hacerlo casi todo. Comenzamos en Pucón donde remamos muchos de los clásicos y de allí fuimos subiendo hacia el norte, pasando por las cascadas Tomatita y Newen hasta llegar al río Claro, uno de nuestros grandes sueños desde que comenzamos en esto del kayak extremo.

Cuando un kayakista cierra los ojos y sueña con un río, normalmente ese río suele parecerse al Río Claro. Una sección de aguas bravas de gran calidad y lleno de saltos, rodeado de naturaleza y surcando impresionantes cañones.

Es por eso que no pudimos dejar pasar la oportunidad de acercarnos al Parque Nacional 7 Tazas para remar esta joya de la naturaleza, convertido en aquapark para kayakistas.

Pero lo que nos encontramos nada tenía que ver con aquel idílico aquapark que esperábamos. El río rugía con fuerza debido a las fuertes lluvias de los últimos días, algunos kayakistas que andaban por la zona se iban de allí porque al parecer el río iba demasiado alto. Meeeenudo bajón, era mi último día en Chile y el panorama no era nada halagüeño. ¿Sería verdad que tras tanto tanto conducir, haber engañado a Aitor y Paulo para dejar Pucón lleno de agua para subir aquí arriba (a ellos les quedaba más tiempo) nos íbamos a ir de vacío?

Por hacernos una idea del río fuimos a mirar la sección de 22 Saltos, que Paulo ya conocía del año pasado y no tenía tan mala pinta, así que decidimos probar con este tramo primero, que a priori era más sencillo que lo que venía abajo. Iba alto, pero nos suelen gustar así, más agua, más divertido (si todo sale bien).

Cuando salimos de esta sección nos invadió la duda de si seguir hacia la Garganta del Diablo, es el segundo y el más fuerte, y solo por el nombre ya impone. No teníamos muchas referencias sobre este tramo, más que es un clásico de la zona y que ya mucha gente lo había bajado antes. ¿Por qué iba a suponer un problema entonces? Más agua, mejor, así suele ser normalmente (nos queríamos convencer). Era la única oportunidad de probarlo y el trío estaba con ganas. Padentro pues. 

Y menos mal. Menudo tramo, menudo lugar y menudos rápidos...
El caracol es uno de los más famosos rápidos del mundo por su belleza estética. Un lugar mágico y una foto soñada. Pero esta vez nada tenía que ver con aquel idílico lugar soñado. El caudal alto del río hacía que el chorro del caracol terminara en tubo y que la normalmente tranquila poza de abajo fuera una marmita en ebullición en el que si te despistabas la fuerte corriente te estampaba contra la pared, cosa que rezas porque no pase.
No había manera de salir de allí más que por el río, así que decidimos olvidarnos de la foto e ir los tres seguidos, ya que no había opción de montar seguridad, y así en caso de que a alguno le pasara algo hubiera otros dos cerca para ayudarle. Nada más que un sueño, eso era un sálvese quien pueda.

Al final, gracias a… (al que toque) todo bien, después vino la vagina (sugerente nombre cuando además llevas un mes rodeado de hombres) y algún paso estrecho más donde además me dejé mi pala de regalo enganchada entre ambas paredes para los que vengan después. Así soy yo, todo generosidad.

Cuando al fin salimos del cañón no pudimos esconder nuestra alegría y relajación. No podemos decir que fuera el relajado descenso que esperábamos, pero sí que en adelante lo recordaremos en muchos sueños más.

Vídeo del río claro:

Y fue salir del Claro y casi sin tiempo para despedirme estaba montado en un bus camino al aeropuerto. Todo terminaba, así deprisa, como sin tiempo para digerir los últimos días ya estaba de regreso a casa, dejaba la primavera para volver al frío otoño, a la rutina, al trabajo. Contento por lo vivido, feliz de volver de una pieza, pero con ganas de más, sin ganas de regresar.

Vídeo del viaje a Chile:

Así son los viajes, al principio cuesta un poco adaptarse y cambiar el ritmo, y cuando sientes que ya las cosas fluyen de otra forma, que te has hecho al sitio y al tempo, alguien te da una bofetada en la cara para despertarte y te das cuenta de que, así, casi sin avisar, como si te lo hubieras imaginado todo, ha terminado.

Y la vuelta resulta aún más dura porque en los últimos días la comunidad kayakera hemos perdido a dos buenos amigos, a dos grandes compañeros. Ambos en el río, los dos en Nepal, haciendo lo que más amaban, siendo libres y viviendo sus aventuras, sus sueños.

Eso me mata por dentro, nos hace reflexionar. Las preguntas son lógicas, pero las respuestas son duras de asimilar. No nos gusta hablar de estas cosas, pero lamentablemente vemos que en nuestro entorno pasa más que en otros. Al final solo queda pensar que todos luchamos por vivir felices, haciendo lo que nos gusta y disfrutando de lo que hacemos, buscando la felicidad a nuestra particular manera. Parece que el mundo se encarga de recordarnos a cada poco tiempo que no estamos aquí para siempre, pero nos damos cuenta de que la vida puede ser más larga o más corta, y que al final no hay mayor suerte que vivirla como uno quiere.

En eso seguimos.




martes, 12 de diciembre de 2017

MIKEL SARASOLA. PAKISTAN eta INDUS ibaia. ETB1

Pakistanen bizitako abenturen inguruko elkarrizketa txukuna bota zuten ETB1-eko Oreka saioan. Aniol Serrasolses eta Gerd Serrasolses anaiekin batera Indus ibaian zehar egindako jeitsierari buruz hizketaldi lasaia izan genuen Koba Hostel-eko harreran.



10 minutu, bizitzan eginiko abentura zirraragarrienetako baten inguruan, bertan bizitakoa oso ondo erakusten delarik.


jueves, 16 de noviembre de 2017

El placer de competir

Yo soy una persona competitiva. Todos lo somos, en mayor o menor medida. Nuestra sociedad es competitiva de por sí, y desde pequeños nos educan para eso, para ser la mejor versión que de nosotros podamos ser; para así sacar buenas notas, conseguir un buen trabajo, ligar con una buena chica, ganar mucho dinero, ganar una competición… Es algo intrínseco a la condición humana, pero es, en mi opinión, algo que hay que intentar controlar y relativizar.

El deporte de competición es la máxima expresión de eso. Dedicas tu vida a entrenar para intentar ganar, para destacar sobre los demás, para ser el mejor.

Y este post va sobre eso; de la competición y del placer de competir.


Tras un verano sin tocar el kayak por motivos de trabajo, y tras la típica sequía veraniega en la costa vasca, llegó Septiembre y con él, el ajetreo. Tres competiciones, tres campeonatos del mundo en dos semanas.

El jaleo comenzó con los Mundiales de Slalom, en Pau (Francia). Junto con mi amigo Aitor Goikoetxea nos clasificamos para competir en el mundial en la modalidad de C2, tras obtener la segunda posición durante los campeonatos de España celebrados en Sabero (León), a comienzos de verano. Esta es una modalidad que tiene pocos practicantes a nivel nacional y por lo tanto no tiene mucho mérito quedar entre los tres primeros que daban plaza para los mundiales. Hasta un par de semanas antes no tuvimos la confirmación por parte de la federación de que nos dejaran competir y, como Aitor estuvo fuera todo el verano, no tuvimos ocasión siquiera de entrenar un poco juntos. Nos plantamos en Pau un par de días antes de la competición ansiosos por tocar el agua y pudimos hacer un par de sesiones antes del mundial. Para nuestra sorpresa nos clasificamos en la primera manga para las semifinales, y en semifinales terminamos en el puesto 16 de 17. Terminamos contentos y aunque de fuera pudiera parecer otra cosa, disfrutamos nuestras mangas lo indecible.

A todo el equipo español, en general, no le fue excesivamente bien. Las aspiraciones eran altas, las posibilidades de medalla muchas, y el resultado final fue algo frustrante, con solo dos finales y con varios de nuestros favoritos muy lejos de su máximo rendimiento. ¿Demasiada presión quizás? Una gran pena, pero así es la competición.

Una vez finalizado el slalom era el momento del slalom extremo. Es una modalidad nueva, donde se compite en piragua de kayak extremo; salen cuatro kayakistas a la vez, y el primero que llega abajo gana. En esta modalidad, el mundial era por primera vez oficial. Solo pueden competir dos palistas por país, y se hace primero una clasificatoria cronometrada, donde los 32 mejores pasan a las rondas finales. Solo pasaba uno por país, y a mí me tocaba competir contra David Llorente, uno de los jóvenes cracks de la cantera nacional, y un duro rival, bastante más fuerte que yo y favorito para estar arriba. Aun así hice una buena manga clasificatoria y pude pasar a las finales. Luego, en las rondas finales pasé primero a octavos, luego a cuartos y me planté, un poco de rebote, en las semis. En las semis tuve una dura batalla contra, Neveu, Prindis y Aigner, tres máquinas slalomeras y ahí me quedé, cerca de pasar a la final, pero contento con la competición realizada. Al final 8º.
En la rampa de salida antes de la manga


Una vez cerrado el telón en Pau cargué todo en la furgo y junto con mi amigo noruego Dag, pusimos rumbo a Austria, donde en 5 días comenzaba el Adidas Sickline, el Campeonato del Mundo de Kayak Extremo.

Esta es la competición del año que más me gusta. Es la de mayor nivel de todas y con un tramo que me encanta pero que no permite el más mínimo error. No me sentía fino entrenando, notaba la falta de entrenamiento y me sentía cansado. Debido a eso limité mis sesiones a una al día y anduve bastante relajado, sabiendo que era lo que me convenía, intentando controlarme para no agotarme.

La competición comenzó rara. Éramos 147 en la salida y en las clasificatorias hice una primera manga con errores en la que no fui fino, y terminé en el puesto 28. En la segunda manga afiné más y pude marcar el segundo mejor tiempo de todos, y al final sumando las dos mangas me clasifiqué en el puesto 13. Bien, seguro a las finales.


En las rondas finales competíamos los 52 mejores de la clasificatoria en un formato de uno contra uno donde el mejor tiempo avnzaba a la siguiente ronda. En cuartos me tocó un emparejamiento duro, contra el excampeón del mundo Thilo Smidt, pero hice una buena manga y pude ser más rápido que él. En semis la suerte hizo que me enfrentara a otro excampeón del mundo, el campeón olímpico en Pekín Alexander Grimm. Hice otra buena manga, pero Grimm me ganó por 10 centésimas y tuve que esperar a ver si mi tiempo era lo suficientemente bueno como para pasar como “lucky looser”. Así fue. Mi tiempo fue el segundo mejor tiempo de entre los eliminados y pude acceder a la tan deseada final.

En la final, en cambio, mi manga no fue tan buena como en las anteriores rondas y con un par de fallos me quedé lejos del podio, quedando relegado al puesto 14. Fue una gran final, la más apretada de la historia de la competición, estando los 16 finalistas a menos de 3 segundos de diferencia. Un sabor agridulce al final, pero muy contento con la competición en general.


Y así, en dos semanas, me había machacado en tres competiciones. Pasé de cero a cien en pocos días y pude dar el máximo que tenía dentro. No me había puesto ningún objetivo; no tenía ninguna aspiración, al final cada uno ha de ser realista con uno mismo y yo era consciente de que no llegaba bien preparado a las citas. Simplemente veía estas pruebas como una buena opción para despegarme y despejarme de la rutina diaria, hacer algo diferente, juntarme con amigos y, sobre todo, me servía para entrenar de cara a la expedición en la que nos embarcaríamos tras estas pruebas, poniendo rumbo a Pakistán, para enfrentarnos a unos de los mayores retos en el mundo de las aguas bravas: el inmenso río Indus y aledaños.


Y así es. Con los años las competiciones se han convertido en algo muy secundario en mi vida. Me aportan el placer de picarme un poco de vez en cuando, remar de otra manera, totalmente concentrado en un tramo en el que buscas la perfección durante días de cara a unas pocas mangas en las que no está permitido fallar. Viene bien para trabajar nuestra técnica y mejorar. Por unos días vives inmerso en un tramo de 200m que no tiene gran dificultad pero en el que no es fácil ser rápido. Tu mente repasa el tramo constantemente, dentro y fuera del agua; se convierte en una obsesión. Son otros valores. Aun así lo disfrutas, porque en nuestro caso esta semana es la excepción, al final el quedar mejor o peor tampoco cambia nada más allá de la satisfacción personal que le pueda suponer a cada uno y, por suerte, en mi caso, en nada volvería a estar en otro río, sumergido en otra aventura en un lugar brutal, con buenos amigos y divertidos rápidos. Eso es lo que nos gusta y nos llena, y la razón por la que este deporte se ha convertido en nuestra pasión.

jueves, 25 de mayo de 2017

Georgia. Terapia para el alma

El  invierno se ha ido rápido, casi sin darme cuenta, sumido en la rutina, atrapado por el día a día, disfrutando, a gusto, pero demasiado estancado quizás para lo que estoy acostumbrado. Necesitaba marcharme, respirar nuevos aires, esos aires de vida que nos acostumbra a traer la primavera, que hace aflorar esa energía que ya casi creíamos perdida.
Para mí el piragüismo siempre ha sido ese soplo de aire fresco, esa excusa por la que hacer las maletas, sin ser lo más importante el destino, a sabiendas de que vaya a donde vaya algo diferente me espera. Suele haber, eso sí, un factor en común entre todos esos destinos: los paisajes montañosos, y en consecuencia, los ríos.
Me encuentro en el aeropuerto de Tibilisi, el que fue el inicio y ahora es el final de esta aventura.
En esta ocasión no tuve que darle mucho a la cabeza para elegir el destino. Unos amigos rusos, con los que ya había coincidido antes remando en el Pirineo y los Alpes, me propusieron acompañarles a remar a Georgia, país que a mí me resultaba tremendamente exótico, pero que para ellos es como su patio de recreo, por mucho que quede a más de 2000km de Moscú… Así son los rusos.
País perteneciente a la antigua Unión Soviética, Georgia es un joven estado que aún se está encontrando a sí mismo. Aquí los adultos aun hablan, como es normal, un ruso perfecto y los jóvenes en cambio empiezan poco a poco a decantarse más por el inglés, intentando alejarse de la sombra de la madre Rusia que aun hoy en día la mira amenazante desde el otro lado de los Cáucasos. Pero Georgia, joven y atractiva, se abre camino con la vitalidad que le da su nuevo estatus de país libre, aun un tanto pobre e inexperta, como recién salida de la universidad, pero sabiéndose con posibilidades de triunfar en la vida.
Y es que a Georgia no le falta de nada. Tuvo la suerte de nacer bien dotada, con esbeltas montañas de más 5000m, cuyas nieves al derretirse se precipitan a los profundos valles por los que discurren salvajes ríos de camino al mar, el Mar Negro, un pequeño oasis en el que a Georgia, por herencia, le toca convivir con unos vecinos con los que ya ha tenido mil historias, pero con los que le conviene llevarse bien, ya que por ahora son bastante más fuertes, experimentados y adinerados que ella.
Yo he de admitir que no sabía muy bien qué me depararía el país. No había podido encontrar muchas imágenes de los ríos del lugar, y de la cultura e historia del país sabía más bien poco. Acostumbrado a preparar minuciosamente las expediciones que he acometido en los últimos años, esta vez había decidido dejarme llevar. Con las nociones básicas que nos da el Wikipedia, salí de Loiu preparado para encontrarme con cualquier cosa.
Pero eso es fácil cuando sabes que cuando llegues al destino habrá alguien que te vendrá a recoger, y que desde allí sabrán a dónde ir, qué ríos pueden tener agua y qué zonas son más interesantes en esta época del año. No tiene mérito, lo sé, es un lujo, un auténtico lujo. Algo que necesitaba casi desesperadamente.
En estas casi tres semanas que he estado aquí no hemos hecho demasiado, no mucho más  que remar y remar. Llegando a descender dos ríos diferentes cada día y repitiendo varias veces las secciones que más nos gustaban.
Grupo inicial
Para mi sorpresa, en esta época del año la mejor zona para remar no son las altas montañas del Cáucaso, sino otra pequeña cordillera que se encuentra en el sur-oeste del país, en la zona de Adjaria, en la frontera con Turquía. Montañas, que aunque eclipsadas por sus vecinos del norte pasan casi desapercibidas en el mapa, superan los tres mil metros de altura, muriendo éstas también en el mar Negro. Gracias a las frecuentes y abundantes precipitaciones comunes en esta zona y las más elevadas temperaturas que en el norte, suele tener interesantes caudales en primavera, cuando la nieve comienza a derretirse.
Cuando aparecimos nosotros por allí hace ahora dos semanas pasadas, el invierno aún no se había marchado, el termómetro no pasaba de los 5ºC, pero por suerte para nosotros no paraba de llover. Me había marchado de una Donosti casi veraniega para volver al crudo invierno…  me sentía como en casa.
Nos habíamos juntado un buen grupo, 4 rusos y un alemán, que a última hora decidió sumarse al plan. Y menos mal. Viajar con los rusos es muy divertido, pero un tanto curioso. Son parcos en palabras, y el inglés, por lo general no es su fuerte, por lo que no sé si por pereza, por dejadez o simplemente porque son así, cuesta enterarse de las cosas.
Pongo un ejemplo al azar: Nos despertamos a la mañana, relativamente cerca de un río al que ya nos habíamos acercado el día anterior. Desayunamos y nos metemos en la furgo camino al río. Ellos delante, los guiris atrás. Todo preparado para en nada ponernos al lío. Pero la cosa se alarga. Lo que pensaba que iban a ser 30 minutos de conducir empieza a pasar de la hora. No preguntamos, porque pensamos que igual el día anterior no nos habíamos acercado lo suficiente. Pero la hora se convierte en dos y de repente nos hemos salido de las montañas. Preguntamos a ver qué pasa. -“No enough wáter, changed the plan, we go north”. Preguntamos que al norte a dónde, ¿A los Cáucasos?. -“yes. Only six hours”. El alemán alucina, a mí la verdad que me hace gracia, y me hace ilusión ir a los Cáucasos. Propongo parar para comer algo de camino, y me dicen que por supuesto. A la hora veo que nos adentramos en un valle cerrado, no sé si sabrán de un sitio para comer allí o qué pasa, y pregunto a dónde vamos. “We go kayaking”.  Nada de ir al norte, estamos en la zona centro, y parece haber agua. El alemán, muy meticuloso y organizado él, agacha la cabeza y la balancea de lado a lado. Le entiendo. ¡Viva Rusia!
Eso era así al principio, pero a los pocos días se unió al grupo mi amigo y tocayo Mike (Mikhail). Este es un ruso de lo más atípico. Totalmente contrario a Putin (esto parece no ser tan raro), reniega un tanto de sus raíces rusas dónde nació y se crió, dando a su país casi por perdido, y se aferra más a sus orígenes judías. Mike, que pasa poco de los treinta, a los veinte se dedicaba sobre todo a la escalada y el esquí, además de al kayak. Un grave accidente le tuvo postrado en la cama varios meses y le dejó con una lesión grave en la pierna, de la que la seguridad social rusa no podía hacerse cargo. Negándose a darse por vencido emigró a Israel, de cuyo país tiene nacionalidad, y donde la sanidad debe de ser, al parecer, muy buena. Tras una dura y larga rehabilitación, hoy puede hacer vida normal, pero se ha tenido que olvidar de esquiar, y la escalada puede resultar también un poco peligroso para su pierna. Durante su estancia en Israel conoció el mar y se hizo instructor de buceo y patrón de barco. Hoy en día, ya completamente curado se ha comprado una auto-caravana vieja y viaja por Europa disfrutando del deporte al que le introdujeron sus padres de niño, siempre con su kayak a cuestas, allí donde haya agua, y cuando no lo hay guía viajes en velero por el mediterráneo o las Islas Canarias. No se lo monta mal el chaval.
Así le conocí yo, cuando tenía su furgoneta aparcada en un parking del Pirineo francés, junto a su amigo Ivan, que también se encuentra con nosotros, y que cada vez que puede coge un avión a la zona de Europa donde se encuentra en ese momento Mike, para pasar unos días junto a él.
Mike es mucho más parlanchín y su fluido inglés nos permite comunicarnos mucho mejor. Hace de nexo entre los europeos y los rusos, y el grupo se une mucho más tras su llegada, y nosotros empezamos a enterarnos mejor de los planes…
Cuando paró de llover en el sur el frío no dejaba derretirse a la nieve, y se secó todo. Muy a pesar de varios de los rusos, pude convencer al grupo para ir al norte, a las grandes montañas, a los grandes ríos, y como no, al gran frío. Me apetecía ver las montañas más altas de Europa y remar en sus ríos, y sabía que allí, habiendo grandes glaciares, aun con el caudal mínimo algo podríamos rascar. Mike tampoco conocía esa zona, así que se posicionó de mi lado. Los demás vieron que en el sur no pintábamos nada mientras no subieran las temperaturas, y aunque muy reticentes, al final accedieron.
Y menos mal. Sí, hacía un frío del carajo, de día no pasábamos por mucho del umbral de los cero grados, pero el lugar es tremendo, impactante, y efectivamente, allí se podía remar.
Fuimos al río Enguri, el que es el más caudaloso y de los de más desnivel de los ríos caucásicos, y el mejor para la práctica del kayak. A lo largo de sus cien kilómetros surcando los valles montañosos, tiene muchísimos cañones y muchas secciones en las que poder remar.
Está situado en la provincia de Svaneti, cuya capital, Mestia, se está convirtiendo gracias tanto a su belleza arquitectónica como paisajística, en punto de referencia para aventureros de todo el mundo que encuentran en este lugar algunas de las montañas más difíciles que escalar, mucha y muy buena nieve para esquiar y muchísimos senderos por los que pasear. De aquí era, por ejemplo, el icono del alpinismo soviético Mikhail Khergiani, y su monte estrella es el Ushba, del que dicen los expertos es una de las montañas más difíciles de escalar de todo el continente Europeo.
Pasamos tres días en la zona, en los que remamos los tramos más interesantes del Enguri y un par de afluentes más. El río, aun con caudal bajo, cuenta con un caudal medio que lo intuyo de unos 50m3/s para arriba, y tiene secciones de todo tipo, desde relativamente relajados tramos de cuarto, hasta impactantes tramos de clase cinco llenos de sifones. El terreno es muy inestable y son comunes los desprendimientos de tierra, que cada año pone nuevas rocas en el cauce y crea nuevos tramos caóticos que después el río, con tiempo, se encarga de poner en orden.

A los tres días vimos que las temperaturas empezaban a subir en el sur, y con mucha pena para mí, nos alejamos de aquel mágico lugar. Yo me hubiera quedado allí lo que me quedaba de viaje, ese lugar me ha cautivado, y el río es de esos de los que no se encuentran por los Pirineos. Pero los rusos estaban cansados del frío, ya han tenido suficiente frío en invierno en casa, y era normal que prefirieran bajar: los campamentos a orillas del mar Negro llaman demasiado. Como es normal, no opuse resistencia. Ellos mandan, y además cuando se trata de remar, saben lo que hacen.
Pasamos así unos últimos días totalmente primaverales de vuelta en Adjaria. Sol, 20ºC y ríos desbordados. Hubo un río en especial, el Chirukhiskali, que nos atrapó por la calidad y la continuidad de sus rápidos y la velocidad de la corriente que nos hacía remar a unos 15km/h de velocidad media. Un tramo de diez kilómetros en el que pasamos tres días dándole un pegue tras otro.
Hemos ido alternando los campamentos a orillas del Mar Negro con otros a la orilla de los ríos que hemos remado, y de vez en cuando nos hemos servido de la hospitalidad local para poder dormir en colchón. Esto es algo que me tiene alucinado. La gente local no está muy acostumbrada a cruzarse con extranjeros, y menos aún con gente que se tira por los ríos con kayaks, por lo que siempre que tenían opción se acercaban a nosotros para intentar entablar conversación y “kuxkuxear” un poco. Esto hubiera resultado complicado sin la presencia de los rusos, ya que el inglés en las zonas rurales es tan útil como el euskera para comunicarse. Los rusos, conocedores de este carácter hospitalario de los georgianos se dejaban querer, a sabiendas de que si les caíamos bien era probable que termináramos siendo invitados a sus casas, a tomar vino primero, cenar algo después y terminar siendo invitados a dormir allí. Además mi presencia en el grupo terminó siendo de gran ayuda para esta tarea, no por mi atractivo ni por mi verborrea, que bien podía haber sido, sino por el simple y curioso hecho de ser vasco. Según pude entender, cosa que tendré que comprobar a mi regreso, en Georgia cuentan que a esta zona se le llamaba Iberia, tierra cuyos dominios llegaron a extenderse hasta la península Ibérica, por lo que le otorgaron el nombre de península ibérica. Después la península sufrió una invasión árabe, que -cómo no- no pudo hacerse con el dominio del País Vasco, por lo que las raíces Georgianas perduraron en el tiempo. Eso es lo que más o menos pude llegar a entender a uno de nuestros anfitriones, tras haberse tomado, él solo, unos 5 vasos de vino y media botella de vodka a palo seco. Yo había ingerido un cuarto que él, pero probablemente fuera más perjudicado. Intentamos comunicarnos en irrintzis, pero al parecer eso no nos viene de los íberos…
Rápido en Enguri
Y sin mucho más, aquí me encuentro, a punto de regresar a casa, agotado físicamente pero rebosando energía, aun intentando asimilar las intensas tres semanas viajando por las venas de la sexy Georgia.
Echando la vista atrás me doy cuenta de que he disfrutado, mucho del kayak, pero más aún de viajar acompañado de un gran grupo, con esa sensación de llegar sin nada e irte con mucho, como si este lugar y esta gente me hubiera dado más de lo que merecía, sin duda, mucho más de lo que esperaba.
Y eso que entre tanto disfrute hemos vivido situaciones duras y muy intensas: Un ruso nadó en un feo rulo de un cañón, se le rompió el traje seco y se le llenó de agua, haciéndosele imposible nadar y dificultando el rescate; otro se quedó enganchado en un tronco pudiendo a duras penas escapar del kayak y costándonos casi un día entero sacar el kayak de ahí, recuperándolo al final destrozado. Pero el peor de los episodios lo vivimos fuera del agua, en el que presenciamos un choque frontal entre dos coches, saliendo los pasajeros muy mal parados, agravado, en gran parte, por el no uso del cinturón de seguridad, en el que sacamos a un niño en una muy mala situación en la que poco pudimos hacer para ayudarle. Es una situación de esas que hacen que te replantees todo, que deja tocado al grupo, y de los que te hacen sentirte hasta mal que después de vivir una situación tan dura, sigas con tu vida y tu viaje como si nada de aquello hubiera pasado. Pero por duro que sea, poco más que eso se puede hacer.
Y ahora todo esto pertenece ya al pasado. El viaje que desde hace unos meses esperaba ansioso queda atrás, fugaz pero intenso, y ahora ya son otros planes los que alimentan la mente.
Pero no tengo tiempo ni para coger aire. Mañana llego a Bilbo y de allí salgo pitando al Pirineo, ya que al día siguiente tenemos la Pyrenees Buddies Race, la primera prueba de la Copa de Europa de Kayak Extremos 2017. Con todo este ajetreo, costará ponerse en modo competición, además, al contrario de lo que yo pensaba el Pirineo debe de estar seco aún, así que tocará adaptarse a rascar roca. Pero ese es nuestro terreno, y a lo de casa siempre es más fácil adaptarse.
Tengo de nuevo esa sensación, llega la primavera y parece que el tiempo coge otro ritmo, pasa cada año, el agua fluye por los ríos como si fuera un reloj de arena, viendo desvanecerse la nieve en las cumbres, sabiendo que más pronto que tarde el verano vendrá para secarlo todo otra vez.