viernes, 16 de agosto de 2019

Disko Bay. Un reto en familia en Groenlandia

Yo soy donostiarra, crecido en un ambiente urbano, donde dicen que era un niño bastante movido; siempre corriendo de un lado para otro. Dicen que no paraba de subirme a las farolas y a los semáforos, y que cuando jugaba al fútbol con los amigos y el balón se nos iba a algún alto, yo subía a donde fuera a por él. Mis padres acabaron por resignarse y entendieron que era mejor dejarme hacer que pegarme gritos cuando ya no había vuelta atrás.
Con los años me calmé un poco; no había a mi alrededor nada que impulsara el desarrollo de aquellas habilidades un tanto “kamikazes”. Hasta que un verano -a punto de cumplir los diez años- me apuntaron a un cursillo de piragüismoen la Bahía de la Concha, tras el cual me propusieron entrar en el equipo de aguas bravas. Yo no sabía de qué iba eso, pero sonaba divertido, y sobretodo, diferente.
A la semana aprendí a esquimotear (a darme la vuelta una vez volcado) y al mes fuimos por primera vez al río. Allí nació mi vínculo con los ríos; unión que en adelante guiaría mi rumbo.
Mis padres pronto se acostumbraron a mi nueva afición. Veían que pasaba los días en torno al agua; cuando no era surfeando con mi kayak en el mar, era entrenando en ríos. Porque, aunque la actividad en el club estaba enfocada a la modalidad del slalom, fuimos conformando un grupo al que nos gustaba practicar todo aquello que tuviera relación con el agua y la piragua; slalom, freestyle, kayak extremo, kayak surfdescenso de ríos o lo que fuera. Cualquier excusa era buena para escaparnos a remar.
Con los años el grupo se fue dispersando y yo sentí que, tras demasiado tiempo enfocado a la competición, quería empezar a viajar más con el kayak. No a competir, sino a explorar.
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Así he pasado los últimos diez años, practicando kayak extremo, en busca de nuevas experiencias alrededor de los diversos ríos del mundo, usando el kayak como una puerta hacia nuevas aventuras. Un viaje siempre ha traído otro detrás, una expedición abría la puerta a otra, hasta que al final esas aventuras se han convertido en una parte importante de lo que soy hoy en día.
Sé que la familia no lo pasa bien cuando me voy. Practico un deporte con sus riesgos, y siempre se pasa más miedo desde la distancia. Con los años se han tenido que acostumbrar, sabiendo que lo que me aportan esas aventuras no me lo da nada más.
Es por eso que sentía que tras tantos años de aventuras me apetecía que ellos sintieran, en cierta manera, esa sensación de expedición. Que entendieran el porqué de tantos viajes, que conocieran las sensaciones que transmiten los lugares remotos, aislados, donde predomina la soledad y la naturaleza; lugares donde el mero hecho de recorrerlos ya es una aventura en sí.
Esto no es algo sencillo para la gente que no está acostumbrada a estas cosas, y menos aún para mi padre, cojo tras un grave accidente de esquí que le destrozó la rodilla hace ya treinta años. El primer día de jubilación acudió a que le pusieran una prótesis de rodilla, con la intención de acometer cosas nuevas, pero la operación resultó un desastre y hoy día vive dolorido, con la movilidad diezmada y con muchos sueños frustrados.
Pero, a pesar del dolor, una vez sentado en el kayak, le es posible remar. Mi madre le suele acompañar cuando puede y, con la ayuda además de un grupo de amigos piragüistas que le ayudan a embarcar y desembarcar, suelen salir a remar con sus piraguas de mar.
No me costó mucho convencerlos para hacer este viaje. Al principio no tenían claro si hablaba en serio o si era otra locura de las mías. Era otra locura más, depende de cómo se mire, pero esta vez quería compartirla con ellos.
Primero pensé en otros lugares, pero en cuando di con Disko Bay, en la costa oeste de Groenlandia, me di cuenta que ese debía de ser el lugar. No había dudas. Es el lugar con el glaciar que más hielo suelta en el mundo, con una rica fauna marina, con un imponente paisaje de costa granítica. Muy aislado pero a su vez accesible en avión, es el lugar de origen del kayak y -lo que es más importante de todo-, es un lugar bastante seguro.
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La Bahía de Disko se encuentra en la bahía de Baffin, en el océano ártico, frente a Canadá, y es una bahía protegida por la isla de Disko. Esta isla, de un tamaño 2,5 veces la de la isla de Mallorca, protege la bahía de las olas del mar, que ya de por si tiene pocas olas, haciéndola muy segura para la navegación en kayak.
Era lo que buscábamos. No había mejor sitio para una expedición de este tipo.
Tras muchos meses de minuciosos preparativos (no podía meter la pata en nada viajando con la family), nos plantamos en Ilulissat el 6 de julio, mi padre, mi madre, mi hermana y yo. Hacía muchos años ya que no viajábamos juntos, y encontrarnos juntos ante esta aventura resultaba muy bonito y excitante.
Al principio todo les superaba; todo les intimidaba demasiado. Se reflejaba la tensión en sus caras, pero ya nada los podía parar porque las ganas podían más, y el buen tiempo y el mar en calma ayudaban.
Y así, palada tras palada, a medida que dejas la civilización a tus espaldas, te vas fundiendo con el entorno y los nervios también, poco a poco, van quedando atrás.
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Te vas acostumbrando a pasar cerca de los inmensos icerbergs que crujen a tu paso avisando de su riesgo, pero que rara vez rompen; vibras con cada ballena que pasa, primero de respeto, luego ya de puro placer; la rutina de montar la tienda cada noche en un sitio nuevo es excitante, pudiendo elegir cada día tu habitación con las vistas que más te apetezcan. Poco a poco empezaron a disfrutar de cada pequeño detalle, y se dieron cuenta de que aquellas cosas que creían que iban a ser una tortura (dormir en el suelo, comer poco, no ducharte, recoger y montar todo cada día, el sol que en estas fechas nunca desaparece del cielo...) ni siquiera te afectan e incluso a los días encuentras un inexplicable placer en ellos. Lo único, los mosquitos. Esos sí que son insufribles, pero solo se encuentran una vez te acercas a la orilla, por lo que no nos molestaban mientras remábamos.
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Recorrimos un total de 110 km, con una media de unos 20 km al día, a paso tranquilo, disfrutando intensamente de cada palada y de todo lo que íbamos encontrando por el camino. Remábamos cada uno inmerso en nuestros pensamientos, callados, fundidos con el entorno, siempre atentos de escuchar el resoplido de alguna ballena o de ver alguna foca en el horizonte.
Pero no hay que engañarse. El lugar tiene sus riesgos también. El agua del mar está a una temperatura de dos grados, por lo que volcar ahí no es una opción, por muy buen traje seco que lleves. El viento puede llegar a soplar muy fuerte, cambia de orientación muy rápido y se levanta de golpe, sin avisar, trayendo muchas veces consigo una niebla que lo cubre todo en cuestión de minutos.
La “noche” del tercer día nos despertamos bajo una fuerte ventisca que no estaba anunciada, por lo que decidimos tomarnos un descanso y esperar a que amainara. Al final la espera se alargó un par de días, dos días que aprovechamos para descansar y hacer algún trekking por la zona.
Cuando por fin paró el viento el paisaje imponía más aún si cabe. El fuerte viento sur había acumulado todos los icebergs en el final de un canal por el que pretendíamos cruzar. Tras unos 20 km remados, la acumulación de hielo se hacía cada vez más grande, hasta que al final teníamos que empujar y apartar el hielo para seguir avanzando. Cada vez se estaba poniendo peor y más peligroso, y nada nos aseguraba que más adelante la cosa mejorara.
Decidimos parar y saqué el drone (que llevaba en mi kayak) e hice un vuelo para ver si aquella barrera de hielo era franqueable. Se confirmó que el canal se cerraba cada vez más y que corríamos el riesgo de quedarnos atascados en el hielo. Acampamos allí mismo, en la orilla, a la espera de que cambiara el viento y moviera aquella barrera de hielo abriéndonos un camino por el que cruzarlo. Pero a la mañana siguiente todo seguía igual, por allí no íbamos a pasar.
Decidimos, por tanto, muy a nuestro pesar, cambiar de destino. Navegaríamos hasta el glaciar que se encontraba al final del fiordo que nos quedaba a nuestro lado, acamparíamos allí y luego aprovecharíamos para hacer un pequeño trekking al campo de hielo. Casi sonaba mejor que el plan inicial. Como consecuencia, tendríamos que anular el ferry que teníamos reservado para regresar a Ilulissat e intentar reservar otro que sabíamos solía ir a un pequeño lodge que se encuentra en ese fiordo. Era jugársela, pero no nos quedaba otra.
Al final todo resultó bien y tras diez espectaculares días regresábamos a Ilulissat con la satisfacción de haber cumplido un sueño.
Aún estoy impresionado de la capacidad de adaptación que tiene la gente. De lo que somos capaces de hacer cuando luchamos por ir más allá de lo que nos pensábamos capaces de hacer. Mis padres superan los sesenta -mi padre con creces…- y nunca habían hecho algo ni siquiera parecido. He disfrutado aún más de lo que esperaba compartiendo esta experiencia con ellos, viéndoles disfrutar como niños y rejuvenecer bajo la luz del ártico. Y también con mi hermana, quien siempre ha mirado la piragua con cierto recelo. Es probable que esta haya sido la aventura de sus vidas, o ¿puede que simplemente se haya encendido una llama que los lleve a nuevas aventuras en el futuro? Ojalá que así sea.
Al final, lo que se demuestra es que lo único que necesitamos son ganas e ilusión por probar cosas nuevas, ponerte retos que te hagan esforzarte y superarte cada día, no decir que no a nada y lanzarte a la aventura. Cada día más, pienso que los límites se los pone uno mismo, pero siempre se puede ir un poco más allá de donde pensabas que estaban esas barreras. Eso sí, hay que tener claro dónde te estás metiendo y con quién.
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sábado, 15 de diciembre de 2018

El kayak como excusa para viajar

Muchas veces me pregunto por qué viajo. Soy kayakista, pero no viajo por el kayak. Esa fue la excusa cuando empecé a recorrer los ríos de diferentes lugares del mundo. Quería conocer los ríos que tantas veces había visto en películas y revistas, ser protagonista de aquellas fotos, experimentar aquellas experiencias sobre las que hablaban los “pros” en sus artículos, vivir la adrenalina de enfrentarme a lo desconocido, luchar contra mis miedos y cruzar fronteras.

Así fui sumando experiencias, pero en seguida me di cuenta de que lo que más me apasionaba de las aventuras era aquella sensación de tirarme al vacío en cada viaje, dejar la rutina atrás y comenzar una nueva vida por unas semanas. Por un tiempo ser otra persona, conocer nueva gente, nuevos lugares y nuevas culturas. Es curioso cómo de alguna manera comienzas de cero cada vez que coges un avión. Tener que relacionarte con gente nueva, querer caer bien y crear nuevos vínculos, querer extraer la energía de cada lugar y llevártela contigo de vuelta a casa. Esa sensación de que la persona que se va nada tiene que ver con la que vuelve. Eso es para mí viajar.

Empujado por esa pasión he viajado por lugares como Groenlandia, Pakistán, Patagonia, Nepal, Australia, Nueva Zelanda, Georgia… siempre con mi kayak a cuestas, ese ha sido mi pasaporte, mi llave para entrar a cada lugar al que he ido. Mi excusa para montarme en el avión.
Mirando atrás con la perspectiva que me dan casi diez años de aventuras, me doy cuenta de que no me quedo con los ríos que he bajado, al principio los contaba, marcaba los tramos que había hecho, apuntaba su dificultad e incluso los valoraba con estrellas. Un día, sin más, dejé de hacerlo, e incluso he perdido aquella lista. Me di cuenta de que no hacía esto por acumular nada sino por el mero disfrute que me daban aquellas experiencias.

Normalmente a cada viaje siempre le he pedido algo. Ha habido unos en los que lo único que quería era estar todo el día en el agua y remarlo todo; otros en los que la aventura se centraba en la exploración, en preparar minuciosamente el viaje, en aproximarse al lugar e ir salvando los escollos que te plantea el adentrarse en lo desconocido; otras veces simplemente he ido a disfrutar de los paisajes dejando la dificultad más de lado y otras la aventura ha estado en la compañía, en las relaciones. Normalmente siempre he salido sabiendo lo que busco, o al menos sabiendo, más o menos, lo que me podía esperar en el destino.

Ahora acabo de volver de un viaje. Un viaje al que no le pedía nada en especial, pero que me ha dado de todo.

Es raro, pero esta vez no tenía tantas ganas de viaje, estaba a gusto en casa, cosa que en principio es bueno, pero que a la vez evidencia síntomas de estancamiento, más cuando llevaba meses sin montarme en mi kayak por falta de agua, ¿Será cosa de la edad? Estaba claro, era hora de moverse, corría riesgo de oxidarme.

Siempre que voy a Sudamérica vuelvo igual, sin ganas de regresar a casa y con ganas de más. Será ese carácter latino, ese caos ordenado, esa relajación, esos acentos “mal” puestos que le dan un punto sexy a todo o puede que simplemente sea la similitud de las culturas, el idioma, que nos entendemos mejor, que te sientes como en casa, pero sin trabajar y flexible para todo. Eso es un punto.



-          PERÚ    -

Me marché con mi kayak (no podía faltar) a Perú, sin saber demasiado sobre el país más allá de básicos como Machu Picchu, las llamas, los vestidos coloridos, la hoja de coca y ríos largos para expedición. Fui porque tengo amigos allí y a última hora se me sumó Paulo, amigo de toda la vida. Un lujo.
Al no saber demasiado del país no me había hecho muchas esperanzas con nada, dejarme llevar y disfrutar de lo que fuera sucediendo, si no hay un plan no hay ningún plan que pueda frustrarse. Hacía tiempo que no viajaba así, relajado y sin ningún objetivo claro, y de vez en cuando, se agradece.

Fue aterrizar en Cuzco y sin siquiera pasar por casa nuestro amigo Rambito nos condujo a un río que estaba ahí al lado, así hacíamos un lap rápido y comenzábamos bien el viaje. Nos llevó como ¡tres horas! llegar a ese río que estaba al lado, si eso era el río de al lado de casa… pintaba que íbamos a chupar bien de horas de carretera.

A los dos días nuestros amigos nos abandonaron por una semana y se fueron a Chile a una competición. Paulo y yo nos quedamos solos en Cuzco, sin un plan claro. Decidimos que era buen momento para comenzar con la aventura y hacer una expedición, por lo que nos marchamos al río Apurimac, el que es, según dicen, la mejor sección de aguas bravas del país.
Este río es considerado como el lugar más lejano del nacimiento del Amazonas y su nombre, en lengua quechua significa Gran Hablador, considerado como el más poderoso de los oráculos Incas, que habla a través de sus grandes y turbulentos rápidos. Interesante descripción para un kayakista.

Cuando dos kayakistas de la zona (Frodo y Víctor) escucharon que queríamos ir al Apurimac saltaron al coche con sus kayaks y nos fuimos de misión hacia el sur.
La sección de aguas bravas de este río se divide en tres tramos. El primero, el cañón Negro, es un sencillo paseo de clase 2-3 que a lo largo de 60km que surca impresionantes y profundos cañones en un paisaje árido de montaña. Después viene el cañón Blanco, donde el río se empieza a poner más interesante y donde van apareciendo algunos rápidos de clase 5.
Remando bastante fuerte, nos llevó dos días recorrer los cien kilómetros de estas secciones hasta llegar al mejor tramo del río. El cañón del Abismo.

Víctor, uno de nuestros acompañantes creció a la orilla de este río, e intrigado por aquellos kayakistas que solían terminar su descenso en su pueblo comenzó a interesarse por el kayak. Fueron aquellos guías los que le enseñaron a esquimotear y quienes lo llevaron por primera vez a hacer rafting. Gracias a ellos hoy trabaja en el río y tiene la suerte de hacer poder viajar y conocer mundo, cosa que hubiera sido mucho más difícil sin el kayak. Es bonito ver lo que nuestro deporte ha aportado a muchas comunidades.
Nosotros también paramos allí y aprovechamos para saludar a su madre y recuperar energías antes de seguir con nuestra misión.


A partir de aquí seguimos Paulo y yo solos, ya que nuestros acompañantes no se veían con nivel suficiente para remar este tramo.
Eso nos inquietaba y nos animaba a partes iguales. Los locales le tienen mucho respeto a este cañón, de ahí su nombre, pues suelen quedarse en su entraba como quien contempla el abismo. A la vez significaba que había algo potente ahí adentro.

Nos adentramos sin información alguna sobre el tramo, más allá de saber dónde teníamos que salir. Eso siempre impone, pues te hace ir con todos los sentidos alerta y muy concentrado con todo lo que va llegando.
El tramo resultó ser duro, un bouldergarden (campo de rocas) con muchos sifones que nos hacía  remar con el cuello estirado mirando al horizonte y nos obligaba a mirar muchos de los rápidos que nos íbamos encontrando para no caer en ningún sitio inesperado, lo cual hacía nuestro avance lento.
Por momentos el río nos encerraba en profundos y verticales cañones en los que rezábamos porque no hubiera ningún rápido potente del que no pudiéramos escapar. Así suelen ser las expediciones, la cabeza pasa por mil fases durante el descenso hasta llegar al éxtasis al final del río.

Nos llevó otro par de días y medio descender este tramo de 100km, sumando casi 5 días en el río, descendiendo de los más de 2500m hasta los en torno a 700m, pasando de la árida montaña a la más espesa selva amazónica. Fue bonito volver al modo expedición, remar con kayaks pesados, cargando con la comida y la ropa para todos los días, dormir a la orilla del río, cocinar al fuego, comer poco y hablar mucho.

Vídeo del Apurimac:

Las siguientes dos semanas resultaron mucho más tranquilas. Nuestros amigos volvieron lesionados de Chile y todos los planes que teníamos se truncaron. Paulo y yo no teníamos como movernos y todo quedaba lejos. Perú es un gran país, pero desplazarse por allí es toda una misión, sobre todo cuando no dispones de medios para ello.
Las cosas así, aprovechamos para estar más con amigos, relajarnos, viajar un poco, hacer el turista, conocer más el país e incluso pude ir a surfear un poco por la costa cerca de Lima.

Tras tres semanas en la tierra de los incas nos marchamos para Chile, una de las mecas mundiales del kayak, de donde además llegaban ecos de mucha lluvia por la zona.

-          CHILE     -

Allí nos juntamos con Aitor para cerrar el triángulo donostiarra. Aitor se debió de asustar un poco de las energías que traíamos Paulo y yo, estábamos ansiosos por remar (demasiado relax últimamente), y estábamos en el mejor sitio para ello.

Yo solo tenía diez días, pero tenía ganas de remar todo lo que pudiera de la zona. Nada de turismo esta vez, todo kayak. Me sentía como hace años atrás, ansioso por devorarlo todo, de remar todos esos rápidos que tantas veces había visto en vídeos y con los que tanto había soñado. Pero hay que tener cuidado con ese exceso de ganas, porque cuando hablamos de rápidos de esta dificultad esto se puede volver en tu contra, hay que tener las cosas claras cuando decides hacer algo y no dejarte llevar por el deseo y el ansia para no tener ningún susto que vayas a pagar caro. Hay que ser de sangre caliente, pero de mente fría.


Pero las cosas fueron bien, nos adaptamos rápido y en seguida fuimos cogiendo buenas sensaciones. Hicimos una lista de los ríos que queríamos remar y como los caudales acompañaron pudimos hacerlo casi todo. Comenzamos en Pucón donde remamos muchos de los clásicos y de allí fuimos subiendo hacia el norte, pasando por las cascadas Tomatita y Newen hasta llegar al río Claro, uno de nuestros grandes sueños desde que comenzamos en esto del kayak extremo.

Cuando un kayakista cierra los ojos y sueña con un río, normalmente ese río suele parecerse al Río Claro. Una sección de aguas bravas de gran calidad y lleno de saltos, rodeado de naturaleza y surcando impresionantes cañones.

Es por eso que no pudimos dejar pasar la oportunidad de acercarnos al Parque Nacional 7 Tazas para remar esta joya de la naturaleza, convertido en aquapark para kayakistas.

Pero lo que nos encontramos nada tenía que ver con aquel idílico aquapark que esperábamos. El río rugía con fuerza debido a las fuertes lluvias de los últimos días, algunos kayakistas que andaban por la zona se iban de allí porque al parecer el río iba demasiado alto. Meeeenudo bajón, era mi último día en Chile y el panorama no era nada halagüeño. ¿Sería verdad que tras tanto tanto conducir, haber engañado a Aitor y Paulo para dejar Pucón lleno de agua para subir aquí arriba (a ellos les quedaba más tiempo) nos íbamos a ir de vacío?

Por hacernos una idea del río fuimos a mirar la sección de 22 Saltos, que Paulo ya conocía del año pasado y no tenía tan mala pinta, así que decidimos probar con este tramo primero, que a priori era más sencillo que lo que venía abajo. Iba alto, pero nos suelen gustar así, más agua, más divertido (si todo sale bien).

Cuando salimos de esta sección nos invadió la duda de si seguir hacia la Garganta del Diablo, es el segundo y el más fuerte, y solo por el nombre ya impone. No teníamos muchas referencias sobre este tramo, más que es un clásico de la zona y que ya mucha gente lo había bajado antes. ¿Por qué iba a suponer un problema entonces? Más agua, mejor, así suele ser normalmente (nos queríamos convencer). Era la única oportunidad de probarlo y el trío estaba con ganas. Padentro pues. 

Y menos mal. Menudo tramo, menudo lugar y menudos rápidos...
El caracol es uno de los más famosos rápidos del mundo por su belleza estética. Un lugar mágico y una foto soñada. Pero esta vez nada tenía que ver con aquel idílico lugar soñado. El caudal alto del río hacía que el chorro del caracol terminara en tubo y que la normalmente tranquila poza de abajo fuera una marmita en ebullición en el que si te despistabas la fuerte corriente te estampaba contra la pared, cosa que rezas porque no pase.
No había manera de salir de allí más que por el río, así que decidimos olvidarnos de la foto e ir los tres seguidos, ya que no había opción de montar seguridad, y así en caso de que a alguno le pasara algo hubiera otros dos cerca para ayudarle. Nada más que un sueño, eso era un sálvese quien pueda.

Al final, gracias a… (al que toque) todo bien, después vino la vagina (sugerente nombre cuando además llevas un mes rodeado de hombres) y algún paso estrecho más donde además me dejé mi pala de regalo enganchada entre ambas paredes para los que vengan después. Así soy yo, todo generosidad.

Cuando al fin salimos del cañón no pudimos esconder nuestra alegría y relajación. No podemos decir que fuera el relajado descenso que esperábamos, pero sí que en adelante lo recordaremos en muchos sueños más.

Vídeo del río claro:

Y fue salir del Claro y casi sin tiempo para despedirme estaba montado en un bus camino al aeropuerto. Todo terminaba, así deprisa, como sin tiempo para digerir los últimos días ya estaba de regreso a casa, dejaba la primavera para volver al frío otoño, a la rutina, al trabajo. Contento por lo vivido, feliz de volver de una pieza, pero con ganas de más, sin ganas de regresar.

Vídeo del viaje a Chile:

Así son los viajes, al principio cuesta un poco adaptarse y cambiar el ritmo, y cuando sientes que ya las cosas fluyen de otra forma, que te has hecho al sitio y al tempo, alguien te da una bofetada en la cara para despertarte y te das cuenta de que, así, casi sin avisar, como si te lo hubieras imaginado todo, ha terminado.

Y la vuelta resulta aún más dura porque en los últimos días la comunidad kayakera hemos perdido a dos buenos amigos, a dos grandes compañeros. Ambos en el río, los dos en Nepal, haciendo lo que más amaban, siendo libres y viviendo sus aventuras, sus sueños.

Eso me mata por dentro, nos hace reflexionar. Las preguntas son lógicas, pero las respuestas son duras de asimilar. No nos gusta hablar de estas cosas, pero lamentablemente vemos que en nuestro entorno pasa más que en otros. Al final solo queda pensar que todos luchamos por vivir felices, haciendo lo que nos gusta y disfrutando de lo que hacemos, buscando la felicidad a nuestra particular manera. Parece que el mundo se encarga de recordarnos a cada poco tiempo que no estamos aquí para siempre, pero nos damos cuenta de que la vida puede ser más larga o más corta, y que al final no hay mayor suerte que vivirla como uno quiere.

En eso seguimos.




martes, 12 de diciembre de 2017

MIKEL SARASOLA. PAKISTAN eta INDUS ibaia. ETB1

Pakistanen bizitako abenturen inguruko elkarrizketa txukuna bota zuten ETB1-eko Oreka saioan. Aniol Serrasolses eta Gerd Serrasolses anaiekin batera Indus ibaian zehar egindako jeitsierari buruz hizketaldi lasaia izan genuen Koba Hostel-eko harreran.



10 minutu, bizitzan eginiko abentura zirraragarrienetako baten inguruan, bertan bizitakoa oso ondo erakusten delarik.


jueves, 16 de noviembre de 2017

El placer de competir

Yo soy una persona competitiva. Todos lo somos, en mayor o menor medida. Nuestra sociedad es competitiva de por sí, y desde pequeños nos educan para eso, para ser la mejor versión que de nosotros podamos ser; para así sacar buenas notas, conseguir un buen trabajo, ligar con una buena chica, ganar mucho dinero, ganar una competición… Es algo intrínseco a la condición humana, pero es, en mi opinión, algo que hay que intentar controlar y relativizar.

El deporte de competición es la máxima expresión de eso. Dedicas tu vida a entrenar para intentar ganar, para destacar sobre los demás, para ser el mejor.

Y este post va sobre eso; de la competición y del placer de competir.


Tras un verano sin tocar el kayak por motivos de trabajo, y tras la típica sequía veraniega en la costa vasca, llegó Septiembre y con él, el ajetreo. Tres competiciones, tres campeonatos del mundo en dos semanas.

El jaleo comenzó con los Mundiales de Slalom, en Pau (Francia). Junto con mi amigo Aitor Goikoetxea nos clasificamos para competir en el mundial en la modalidad de C2, tras obtener la segunda posición durante los campeonatos de España celebrados en Sabero (León), a comienzos de verano. Esta es una modalidad que tiene pocos practicantes a nivel nacional y por lo tanto no tiene mucho mérito quedar entre los tres primeros que daban plaza para los mundiales. Hasta un par de semanas antes no tuvimos la confirmación por parte de la federación de que nos dejaran competir y, como Aitor estuvo fuera todo el verano, no tuvimos ocasión siquiera de entrenar un poco juntos. Nos plantamos en Pau un par de días antes de la competición ansiosos por tocar el agua y pudimos hacer un par de sesiones antes del mundial. Para nuestra sorpresa nos clasificamos en la primera manga para las semifinales, y en semifinales terminamos en el puesto 16 de 17. Terminamos contentos y aunque de fuera pudiera parecer otra cosa, disfrutamos nuestras mangas lo indecible.

A todo el equipo español, en general, no le fue excesivamente bien. Las aspiraciones eran altas, las posibilidades de medalla muchas, y el resultado final fue algo frustrante, con solo dos finales y con varios de nuestros favoritos muy lejos de su máximo rendimiento. ¿Demasiada presión quizás? Una gran pena, pero así es la competición.

Una vez finalizado el slalom era el momento del slalom extremo. Es una modalidad nueva, donde se compite en piragua de kayak extremo; salen cuatro kayakistas a la vez, y el primero que llega abajo gana. En esta modalidad, el mundial era por primera vez oficial. Solo pueden competir dos palistas por país, y se hace primero una clasificatoria cronometrada, donde los 32 mejores pasan a las rondas finales. Solo pasaba uno por país, y a mí me tocaba competir contra David Llorente, uno de los jóvenes cracks de la cantera nacional, y un duro rival, bastante más fuerte que yo y favorito para estar arriba. Aun así hice una buena manga clasificatoria y pude pasar a las finales. Luego, en las rondas finales pasé primero a octavos, luego a cuartos y me planté, un poco de rebote, en las semis. En las semis tuve una dura batalla contra, Neveu, Prindis y Aigner, tres máquinas slalomeras y ahí me quedé, cerca de pasar a la final, pero contento con la competición realizada. Al final 8º.
En la rampa de salida antes de la manga


Una vez cerrado el telón en Pau cargué todo en la furgo y junto con mi amigo noruego Dag, pusimos rumbo a Austria, donde en 5 días comenzaba el Adidas Sickline, el Campeonato del Mundo de Kayak Extremo.

Esta es la competición del año que más me gusta. Es la de mayor nivel de todas y con un tramo que me encanta pero que no permite el más mínimo error. No me sentía fino entrenando, notaba la falta de entrenamiento y me sentía cansado. Debido a eso limité mis sesiones a una al día y anduve bastante relajado, sabiendo que era lo que me convenía, intentando controlarme para no agotarme.

La competición comenzó rara. Éramos 147 en la salida y en las clasificatorias hice una primera manga con errores en la que no fui fino, y terminé en el puesto 28. En la segunda manga afiné más y pude marcar el segundo mejor tiempo de todos, y al final sumando las dos mangas me clasifiqué en el puesto 13. Bien, seguro a las finales.


En las rondas finales competíamos los 52 mejores de la clasificatoria en un formato de uno contra uno donde el mejor tiempo avnzaba a la siguiente ronda. En cuartos me tocó un emparejamiento duro, contra el excampeón del mundo Thilo Smidt, pero hice una buena manga y pude ser más rápido que él. En semis la suerte hizo que me enfrentara a otro excampeón del mundo, el campeón olímpico en Pekín Alexander Grimm. Hice otra buena manga, pero Grimm me ganó por 10 centésimas y tuve que esperar a ver si mi tiempo era lo suficientemente bueno como para pasar como “lucky looser”. Así fue. Mi tiempo fue el segundo mejor tiempo de entre los eliminados y pude acceder a la tan deseada final.

En la final, en cambio, mi manga no fue tan buena como en las anteriores rondas y con un par de fallos me quedé lejos del podio, quedando relegado al puesto 14. Fue una gran final, la más apretada de la historia de la competición, estando los 16 finalistas a menos de 3 segundos de diferencia. Un sabor agridulce al final, pero muy contento con la competición en general.


Y así, en dos semanas, me había machacado en tres competiciones. Pasé de cero a cien en pocos días y pude dar el máximo que tenía dentro. No me había puesto ningún objetivo; no tenía ninguna aspiración, al final cada uno ha de ser realista con uno mismo y yo era consciente de que no llegaba bien preparado a las citas. Simplemente veía estas pruebas como una buena opción para despegarme y despejarme de la rutina diaria, hacer algo diferente, juntarme con amigos y, sobre todo, me servía para entrenar de cara a la expedición en la que nos embarcaríamos tras estas pruebas, poniendo rumbo a Pakistán, para enfrentarnos a unos de los mayores retos en el mundo de las aguas bravas: el inmenso río Indus y aledaños.


Y así es. Con los años las competiciones se han convertido en algo muy secundario en mi vida. Me aportan el placer de picarme un poco de vez en cuando, remar de otra manera, totalmente concentrado en un tramo en el que buscas la perfección durante días de cara a unas pocas mangas en las que no está permitido fallar. Viene bien para trabajar nuestra técnica y mejorar. Por unos días vives inmerso en un tramo de 200m que no tiene gran dificultad pero en el que no es fácil ser rápido. Tu mente repasa el tramo constantemente, dentro y fuera del agua; se convierte en una obsesión. Son otros valores. Aun así lo disfrutas, porque en nuestro caso esta semana es la excepción, al final el quedar mejor o peor tampoco cambia nada más allá de la satisfacción personal que le pueda suponer a cada uno y, por suerte, en mi caso, en nada volvería a estar en otro río, sumergido en otra aventura en un lugar brutal, con buenos amigos y divertidos rápidos. Eso es lo que nos gusta y nos llena, y la razón por la que este deporte se ha convertido en nuestra pasión.